Ceremonia de Reconocimiento Premio Copé 2020

Discurso de Nataly Villena, en representación del Jurado Calificador de la XXI Bienal de Cuento

Discurso Premio Copé de Cuento 2021

Señor Ministro de Cultura, señor Gerente General de Petroperú, personas asistentes a esta premiación, buenas noches a todas y a todos. Mis felicitaciones  a los ganadores de los Premios Copé, a las personas que han recibido menciones honrosas y a las y los finalistas de este concurso que en la versión cuento recibió 3262 participaciones.

3262 historias que nos cuentan también, a su manera, los anhelos y temores, las heridas abiertas y las esperanzas que atraviesan el imaginario social en el Perú. Los denominadores comunes de todas estas historias son, como lo han  sido desde que la ficción existe: el amor, la vida y la muerte. Pero podría añadir uno más, particularmente presente en este conjunto de cuentos, la memoria.

Porque una de las impresiones mayores que nos ha producido el leer todos estos relatos es que hay una sed por contar y una multiplicidad de memorias respecto a la historia pasada y reciente de nuestro país, a nuestra relación con el mundo y  con nuestro propio presente. Muchas de ellas son memorias que nunca antes hemos leído. Responden a un vacío que se llena lenta y parcialmente, al ritmo de nuestra evolución como sociedad, pues ese ha sido siempre el rol de la ficción: dibujar, como lo diría David Lewis, esos otros mundos posibles que son también parte de lo real.

Suele pensarse que para la vida que llevamos hoy, el cuento es el género perfecto. Un texto breve para una época de atención limitada. Nada hay más engañoso que esto, pues leer un buen cuento es la experiencia de tener entre las manos una suerte de bomba de acción retardada. Como dice Eduardo Halfon: «El cuento no debe cerrarse. Lector y autor deben cerrarlo en otro plano».

Es ese efecto el que nos produjeron los 18 cuentos seleccionados. Nos  permitieron establecer un diálogo interior en el que viajamos en el espacio y en el tiempo. Del «Pueblo de Magnolia» en la sierra peruana, pasamos por el París de Georgette Vallejo y el llegamos al Manhattan del 11 de setiembre. Comenzamos en una Lima de fines del siglo XIX, revivimos la historia del conflicto armado desde la voz de los muertos y de los arrepentidos, y terminamos en esta pandemia, empantanados en la institucionalidad de la injusticia. Un recorrido vasto y rico en cuentos que nos revelan el vigor de este género en nuestra literatura, las buenas lecturas y un oficio que se consolida.

En los tres cuentos finalistas, hay, además, un trabajo particularmente logrado de esa trama oculta que se entreteje detrás de la historia que estamos leyendo. En «Una madrugada de verano», Marcela Cossíos prepara lenta y sutilmente, a través del relato de una fiesta de familia cosmopolita, una detonación que no veremos ni oiremos pero que avizoramos y duele; en el «El extraño caso del señor Panizza» Christian Elguera nos lleva hasta Valdelomar y la Colónida, a esos años alimentados por el espíritu de fin de siglo y del modernismo europeo, en un relato de ocultismo e ilusionismo que destilan una fina ironía; Pedro José Llosa escribe, en su cuento «Restauración», sobre la difícil negociación del arte con la raza y la clase a lo largo de la historia peruana, a través del rescate de una colección fotográfica.

Para referirme al cuento ganador, voy a detenerme un instante y citar una frase que Ricardo Piglia escribe acerca del cuento. Piglia dice que el cuento «reproduce la búsqueda siempre renovada de una experiencia única que nos permita ver, bajo la superficie opaca de la vida, una verdad secreta». Una verdad secreta.

«El dedo en el disparador» sobresale por la eficacia de su estilo, fluido, límpido, preciso. Por el diálogo entre dos géneros: ficción y no ficción como una mise en abîme de la función misma del cuento: darnos acceso a esa «verdad secreta». Pero además, porque cuando nos detenemos en el tema que ha elegido: la libre utilización de las armas, la contención y el control de la emoción que sus narradores destilan, a pesar de lo altamente dramático de los hechos narrados,  (un niño que mata a su madre) establece una correspondencia invisible y sin embargo poderosa con esa otra contención real e indispensable para evitar que  los individuos ejerzan, aun por accidente, la violencia. «—Un niño juega con lo que dejan a su alcance» advierte el narrador.

Es pues, por su renovación formal y por la capacidad reveladora del cuento «El dedo en el disparador», por esa perfecta correspondencia entre fondo y forma,  que Miguel Ruiz Effio, escritor consolidado, ha merecido con justicia el Premio Copé de Oro. Y por ello le felicitamos.

Para terminar con estas palabras, es necesario agradecer a Petroperú por la existencia de este premio así como por el haber podido adaptarlo a las nuevas circunstancias con un resultado tan gratificante como es el de saber que el cuento peruano crece y que el terreno es fértil.

Gracias.

Nataly Villena Vega